¡Gracias por tu tiempo!

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sábado, 6 de diciembre de 2008

Condenado vivo.

Condenado
Aquel guarda abrió la puerta. Me indicó que entrara, y que esperara paciente sentado sobre aquella pequeña y mugrienta butaca mohosa. El guarda salió de aquella fría y oscura sala, llevándose con él el más mínimo rastro de luz. Tras aquel estruendo provocado por el portazo, los fluorescentes blanquecinos de aquel techo acorchado prendieron toda la habitación, los cuales me permitieron ver el resto de la sala. Era una sala alicatada por baldosines que, algún día fueron blancos, aunque con el paso del tiempo pasaron a ser amarillos. Justo en frente mía, al fondo de la habitación se podía ver un grupo de gente tras un cristal, hablando entre ellos a pesar de que yo no podía escuchar ni el mas mínimo vocablo. Parecían impacientes, como si esperaran un gran evento. Al lado de aquella inmensa ventana se hallaba una puerta de color rojo cobrizo, y un instante después de fijarme en ella, pude ver como aquel pomo dorado giraba en el sentido de las agujas del reloj. De repente todo el mundo calló y se ubicaron en sus asientos, atentos a la situación. De aquella puerta asomó un hombre encapuchado, llevando en sus manos cubiertas por unos negros guantes de cuero un objeto tapado por una lona. Lo llevó hasta el centro de la sala y allí lo dejó. Me indico con sus dedos índice y corazón que me acercara a él. Mientras yo caminaba hacia aquel hombre, éste destapo aquel objeto: una silla eléctrica. Me indicó que me sentara, y pude apreciar como el publico expectante observaba inquieto. Me senté en aquella silla de madera. El encapuchado me colocó una esponja empapada sobre la cabeza, mientras uno de los asistentes sacó una sonrisa burlesca de sus finos y gélidos labios. Me ató de pies y manos, mientras me preguntaba a mi mismo cuántas personas habrían sentido el escalofrío que recorrió mi espalda en ese momento. Una vez atado, me situó sobre aquella esponja empapada un objeto el cual estaba conectado directamente con la silla, que a su vez estaba conectada a la pared mediante un fino y largo cable negro. Aquel hombre se alejó de mí, desapareciendo tras la puerta rojiza. De repente, pude notar una fría y gélida voz de detrás de mi nuca, la cual me preguntó cuál era mi último deseo. Yo le indiqué que aquel deseo era morir escuchando la “9º Sinfonía de Beethoven”. Aquella voz desapareció y de los altavoces incrustados en el techo acorchado comenzó a sonar la canción que yo pedí. La última imagen que pude ver fue al encapuchado presionar una palanca roja, situada en frente mía. No recuerdo nada más, tan sólo que quedé dormido tras aquel Fa menor...

Fuan.

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